Ahí están las rejas. Ellas son símbolo fundamental de esta separación entre los que "eligen" vivir dentro de las reglas del sistema y los que no. No hay ironía en las comillas, sólo una imposibilidad idiomática de poner en una palabra cada una de las historias que se esconden tras ese muro de hierro forjado, alambre, hormigón, acero o ladrillo.
Sin embargo, más allá del material, la característica más importante de las rejas carcelarias son sus dos caras, aunque, como la luna, durante miles de años sólo mostraran al mundo aquella que el mundo quería ver. Funcionales, privan de libertad a los que están adentro, pero, aun cuando los que se mueven libremente del otro lado no lo noten, también marcan sus propios límites.
¿Cuántos de los que están afuera pueden traspasarlas rumbo al corazón mismo de una cárcel? Apenas los que están obligados a vivir allí y los que trabajan para mantenerlos encerrados pueden contar con propiedad cuáles son las reglas de ese mundo escondido bajo la alfombra social.
Con pulmones creados para respirar aire puro es difícil absorber el poco oxígeno de un ambiente irrespirable por lo poco que se renueva, por tener que compartirlo con tantos y, sobre todo, por lo cerca que están las paredes, la cama de arriba, el techo. Es la sensación de encierro lo más difícil de transmitir en imágenes o palabras. Es el frío omnipresente del invierno aunque el de al lado no pueda estar más cerca o el agobiante calor del verano, aunque el otro esté tan lejos como lo permitan los poquitos metros cuadrados de cada celda.
Esas sensaciones que no aparecen si no se viven, pero que pueden nacer fuertes y engañosas en la imaginación. ¡Qué poder el de la imaginación! Como la de los presos, que aprovechan la increíble capacidad de adaptación del ser humano para crear un lenguaje que muta eternamente aunque casi no sepan escribir, o que utilizan esas paredes hechas para asfixiarlos como lienzos para no estar solos.
En ese ambiente inhóspito domina la piel curtida, las bocas incompletas y los ojos brillantes bajo el gorro de lana o los pelos revueltos, como los del tigre en medio de la maleza. Es que la ley de la selva también influye en ese código no escrito, y cada vez menos respetado, que se crea tras las rejas, donde el espejo del alma refleja desconfianza y ansias de sobrevivir.
Sin embargo, los dientes que faltan se notan porque las bocas están sonriendo, los ojos brillantes, porque se muestran abiertos ante el lente y la piel curtida aparece relajada en un lugar supuestamente predestinado a que el aire siempre esté tan tenso que se pueda atravesar con un corte.
Para ver a un preso sonreír, mirar a los ojos o mostrarte sus marcas hay que pasar la reja. No sólo la física que impide a ellos escapar y a nosotros entrar, sino también la mental, que encierra la realidad en un montón de prejuicios que alguna vez mostró el cine o contaron, a través de los ojos de otros, los diarios y los libros.
Hay un universo de trabajo, ejercicio, bromas, convivencia y supervivencia entre tanto desorden, caos y peligro. Hay familias que cruzan las rejas para mezclar por un rato los dos mundos; niños de mirada inocente y oídos curtidos, esposas con almanaques, amantes con sueños o padres con esperanza. Hay policías que, como los presos, "eligen" ganarse la vida rodeados de quienes preferirían verlos muertos.
Entrar con ellos es suficientemente arriesgado. A veces casi tanto como entrar solo. Nadie tiene permiso de ver el único lugar del mundo que pertenece en su totalidad al preso. Si te dejan, es para mostrar todo aquello que pueden hacer bien, las huellas del paso de la vida por su vida, lo que las rejas mentales no dejan que los de afuera vean. Para contarte cómo canta una murga de presos, aunque en la foto no se nota si desentonan.
Ahí están las rejas. Ellas son símbolo fundamental de esta separación entre los que "eligen" vivir dentro de las reglas del sistema y los que no. No hay ironía en las comillas, sólo una imposibilidad idiomática de po
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